Antonio Arévalo, ganador del I Concurso de Relato Corto ESCOmayores 2019 con “Una promesa”

0

El Jurado del I Concurso de Relato Corto ESCOmayores reunido el pasado martes 2 de abril ha decidido elegir como ganador el relato Una promesa, de Antonio Arévalo. El premio consiste en un lote de libros que se entregará al vencedor el próximo domingo 7, en la Casa de Cultura, coincidiendo con la clausura de ESCOlibro 2019.

Una promesa
Antonio Arévalo

Nunca me cansaré de decir que mi niñez fue una de las etapas más felices de mi
vida, lo recuerdo con mucho cariño y cuando pienso en ella la nostalgia me llena de
momentos que dibujan en mi rostro una sonrisa de emoción y alegría.
En aquel lugar alejado de la ciudad tan solo un grupo de casas, todas iguales en
torno a una gran explanada, a la que se accedía por medio de un camino ondulado
que cruzaba el bosque. De allí hasta la boca de la mina aún había una caminata que
los mineros recorrían diariamente. En una de aquellas casas vivía yo, Simón, un
niño de diez años que al igual que los otros niños del poblado, diariamente
caminábamos hasta el pueblo para acudir a la escuela cargado a la espalda con la
mochila.

La vida en aquel poblado era dura para todas aquellas familias, que disfrutaban de
aquella soledad. En mi casa además de mis padres, también vivía el abuelo, que
había dejado el duro trabajo de la mina hacía pocos meses. “Los años no perdonan
abuelo” – le decía mi padre-. Era duro ocupar todas las horas del día para él, y
después de recoger leña en el bosque, por la tarde se acercaba a mitad del camino
a esperarme cuando yo regresaba de la escuela.

Así transcurrían los días, las semanas en aquel lugar apartado. Tan solo alterado
por la llegada del domingo, que con nuestras mejores ropas acudíamos al pueblo a
la misa de las doce, donde a la puerta de la iglesia nos esperaba don Anselmo, el Sr
cura, para saludar y abrazar a cada uno de los vecinos.
Al regreso y después de comer mi padre jugaba conmigo todas las tardes del
domingo, enseñándome las maravillas del bosque, o al balón con los demás niños
del poblado. Un día me dio un balonazo y quede sin respiración tendido en el suelo,
él asustado me cogió en brazos y me llevó a casa entre mimos y risas. Aquel tiempo
estuvo lleno de tardes eternas de juegos en la que recuerdo la presencia de mi
padre y mis amigos. Aquel bosque que para mí era el paraíso.
Había comenzado ya el nuevo curso y por el camino todos los niños ya pensábamos
en la llegada de la Navidad y de Papá Noel, todos pensábamos en lo que le íbamos
a pedir ese año. “Yo pediré un libro de cuentos” comenté orgulloso.
En mi casa esa vida tranquila se alteró cuando una tarde trajeron a mi padre en un
carro desde la mina, venía enfermo con una tos ronca y tiritando de frio. Al día
siguiente se acercó el médico que después de examinarle en la cama le recomendó
reposo y u jarabe que debía tomar dos veces al día.

Con el paso de los días el médico le visitaba varias veces a la semana, pero mi
padre no mejoraba, la tos se hacía más intensa y la fiebre le impedía levantarse de
la cama. Una mañana en la cocina el abuelo lloraba abrazado a mi madre, mientras
decía “dichosa mina, nos quedamos sin él”. Yo me acercaba a su cama sin hacer
ruido, en silencio y le miraba, había adelgazado mucho, un día que la fiebre le dio
una tregua me miró y me dijo “prepárate que cuando me ponga bien, jugaremos de
nuevo al balón y te ganaré”

La enfermedad de mi padre se alargaba y sin el dinero de su trabajo, mi madre con
la ayuda del Sr. Cura encontró trabajo en el pueblo, era una familia con recursos que
todos los días al regreso la entregaban la comida además de pagar todos los
medicamentos de mi padre. La Navidad y la alegría de las demás familias
contrastaban con la tristeza de la mía. Cuando caminábamos con los demás niños a
la escuela, todos contaban lo que habían pedido a Papa Noel y lo bien que pasarían
las vacaciones, yo caminaba entre ellos en silencio, triste, “yo no mandaré la carta
este año” comenté.

Tiempo más tarde cuando regresé a casa en unas vacaciones, mi abuelo me contó
que aquella Navidad, con la ayuda del Sr. Cura habían comprado el libro que me
trajo Papa Noel. Lloré al escucharle, con solo diez años no supe como había
ocurrido. ¡No escribí ninguna carta abuelo! Ellos habían obrado el milagro.
Mi padre aún vivió hasta la primavera. Aquel día que nos dejó, fue el día más triste
de mi vida. Aún noto entre mis dedos la tierra que eché a su tumba mientras le decía
adiós.

Desde aquel día mi vida fue diferente. Yo no sabía que su ausencia me dolería
tanto, tanto, tanto…El Sr Cura me envió a la ciudad, a un colegio donde pasé toda
mi infancia. Más tarde fui a la universidad donde estudié medicina, prometí que las
familias de los mineros siempre tendrían mi ayuda en situaciones como la de mi
padre.

Aquel pequeño pueblo, hoy es una ciudad hermosa donde ahora vivo con mi familia,
aún los días de buen tiempo se intuye en la lejanía el pequeño poblado de casa
cercano a la mina entre las montañas. La vida ha sido muy generosa conmigo, en el
Hospital que dirijo hay una planta dedicada a la atención y estudio desinteresado de
las enfermedades pulmonares como la silicosis. Por ello me han concedido este
galardón, que hoy me entrega el Presidente de la Nación: “ se hace entrega de la
Máxima Distinción por su labor de investigación y curación de manera altruista al
Ilustre Doctor don Simón…, en los primeros bancos de aquel salón, mi esposa, mis
hijos y mi madre que llora de alegría y familias de mineros. ¡Gracias a todos, solo
cumplo una promesa!

 

Comparte.

Los comentarios están cerrados.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies