Organizador

Asociación Wagneriana de la Sierra
Casa de Cultura

Localización

Casa de Cultura
Calle Floridablanca, 3, San Lorenzo de El Escorial, España
Categoría

Fecha

Abr 17 2019

Horario

19:00

Concierto: Via Crucis de Franz Liszt. Ángel Recas, piano

Le plus belles musiques de Dieu
Via Crucis. Las 14 estaciones de la Cruz
Franz Liszt (1811-1886)

Cristo crucificado

Cristo crucificado

Via Crucis, S 504a (1865)
Introduction: Vexilla regis prodeunt
Station 1: Jésus est condamné à mort (Jesús es condenado a muerte)
Station 2: Jésus est chargé de sa croix (Jesús carga la cruz)
Station 3: Jésus tombe pour la première fois (Jesús cae por primera vez)
Station 4: Jésus rencontre sa très sainte mère (Jesus encuentra su santísima madre Maria)
Station 5: Simon le Cyrénéen aide Jésus a porter sa croix (Simon el Cireno ayuda a Jesus a llevar la cruz)
Station 6: Sancta Veronica (Verónica limpia el rostro de Jesus)
Station 7: Jésus tombe pour la seconde fois (Jesús cae por segunda vez)
Station 8: Les femmes de Jérusalem (Jesus consuela a las mujeres de Jerusalem)
Station 9: Jésus tombe une troisième fois (Jesús cae por tercera vez)
Station 10: Jésus est dépouillé de ses vêtements (Jesús es despojado de sus vestiduras)
Station 11: Jésus est attaché à la croix (Jesús es clavado en la cruz)
Station 12: Jésus meurt sur la croix (Jesús muere en la cruz)
Station 13: Jésus est déposé de la croix (Jesús es descendido de la cruz)
Station 14: Jésus est mis dans le sépulcre (Jesús es introducido en el sepulcro)

Ángel Recas, piano


NOTA de PRENSA
(Concierto Semana Santa,  Via Crucis)
«El arte por el arte es un absurdo…. Su objeto común es de satisfacer las necesidades de orden
moral, de segundar los esfuerzos de la humanidad para alcanzar su fin, elevarlo sobre tierra
e imprimirle un perpetuo movimiento ascendente»
(Franz Liszt)

Via Crucis, las catorce estaciones en la Cruz
Posiblemente uno de los aspectos más desconocidos de la capacidad creativa de Franz Liszt
sea la increíble, tanto en número como en calidad artística, producción de música religiosa.
En cierta forma, Liszt trató de replantear durante su estancia en el Vaticano, allá por la década
de 1860, los conceptos de música litúrgica y los usos y costumbres de la música sacra, intentando
recuperar el espíritu primitivo paleocristiano, y más concretamente a partir de la obra de
Palestrina.
De esta forma, la nueva misión de Liszt, adalid de todas las corrientes artísticas modernas,
mecenas e inspiración profunda para los que tenían y no tenían talento, maestro generosísimo
que acogió a generaciones de alumnos, de discípulos y del ego profundo, insaciable e
inabarcable de Wagner, virtuoso insuperable que, habiendo llegado a las cotas sublimes del
arte a las que muy pocos están llamados a llegar, no dudaba en despojarse de toda la parafernalia
para vestirse humildemente con el hábito franciscano. La misión sería, pues, renovar la música
religiosa, música del futuro que vendría del más allá; una música que sin duda entenderían los
extraterrestres.
Así pues, Liszt, a mediados de la década de 1860, en el cénit de su carrera artística, decidió
abandonarlo todo y comprendió que el designio de su vida era lo que había anhelado
profundamente de adolescente: ser un simple franciscano.
Su hijo Daniel Liszt, quien sería franciscano, tomando las órdenes a los 15 años, y quien,
habiendo sido destinado a un monasterio en Berlín, moriría a la temprana edad de 20 años al
ponerse toda una noche en medio de una roca bajo la lluvia, al impacto sufrido tras la extrañísima
e inexplicable pérdida de su único hijo oficial varón, le seguiría la no menos extraña e irreparable
de su hija Blandine, quien moriría prematuramente en 1862 poco después de haber sido
nombrado su esposo, Émile Ollivier, Primer Ministro de Francia.
Estas terribles pérdidas sumieron a Liszt en una profunda tristeza, y fueron el detonante
personal que le llevaría a componer diversas obras con motivación religiosa. Obras como la Missa
Choralis, los responsorios y antífonas, obra desconocidísima, o el Via Crucis y el Requiem que
escucharemos en este pequeño ciclo-triptico, entre otras, surgieron a raíz de estos hechos
luctuosos. En concreto, las Variaciones kleinen, klagen, sorgen, zagen (llorar, lamentarse,
inquietarse, temblar), de los sufrimientos de Jesucristo en la Cruz, basados en un bajo ostinato
de la Cantata BWV 80, de título homónimo, de Bach, llevarían al maestro a exclamar con
resignación franciscana: “en verdad, estas obras me sirvieron como alivio reparador para poder
afrontar el dolor de las pérdidas de los seres queridos”. Así pues, el Requiem compuesto entre
1867 y 1868, según nos hiciese llegar Liszt con su escritura austera, en su estilismo y desnudez
de sus frases, sería compuesto en homenaje a su malogrado hijo Daniel.
Las catorce estaciones del Via Crucis, tal y como se conocen hoy en día, hunden sus raíces en
los ritos y las ceremonias de los primitivos cristianos, reinterpretadas a partir de los
descubrimientos arqueológicos de las primeras cruzadas. La intención de Liszt, al componer el
Via Crucis, evidentemente dramática, era poder representarlo, a ser posible en Viernes Santo,
en el Coliseo de Roma,
Esta exquisita obra comienza con el famoso himno gregoriano Vexilla regis prodeunt, que
escucharemos como introito. Fue compuesto por Venantius Fortunatus (530?-609). Los
caballeros cristianos empezaron a utilizarlo durante la Primera Cruzada a partir del
descubrimiento en Acre de restos de miles de crucificados por los romanos durante el siglo I.
También cuando en el Gólgota descubrieron cruces de madera que posiblemente atribuyeron a
la época de Cristo. Asociaron por lo tanto ese canto con la idea de la cruz, que consiste en la
sucesión de dos intervalos: una segunda y una tercera. Fue también muy utilizado por los cátaros.
La idea programática del Via Crucis es fácilmente rastreable en la partitura de Liszt, así como
en el texto clásico en latín del Via Crucis. De esta forma, entre estaciones activas, dolorosas,
como pueden ser las tres caídas de Cristo, la condena a muerte (primera estación), se intercalan
otras de un lirismo armónico inaudito para la época, con páginas casi expresionistas que bien
podrían haber sido escritas por todo un Messiaen, un Fauré o un Lutoslawski, y que pertenecen
al Liszt del futuro, de la música atonal, el Liszt incomprendido del que se mofaban sus propios
alumnos.
Consideramos que Liszt, en su visión profética franciscana universal, sufí redentora, se
manifiesta a la perfección en la amalgama de confesiones religiosas presentes a lo largo de las
páginas de esta obra; la estación número 6, la Santa Verónica, por ejemplo, utiliza un coral
protestante, O Haupt voll Blut und Wunden (“Oh, maravillosa cabeza ensangrentada”);
reminiscencias del mundo hebreo, como cuando Cristo, con voz de barítono, pronuncia las
frases en arameo “Eli, Eli, lamma sabacthani” en la estación nº 12.
La idea programática de la Pasión de Cristo, reflejada en el acontecer de un Via Crucis, nos
transporta a la inmensidad de las llanuras del mundo espiritual de los no vivos. Este silencio, en
donde la noción del tiempo se distorsiona hasta el punto de que las confluencias místicas del
universo se juntan, nos hace entender, que somos inevitablemente parte de un todo, que en
verdad el inframundo, el supramundo y el otro mundo no son más, como diría el místico sufí Ibn
Arabi, que una manifestación del Uno, del Todo.

ANGEL RECAS
Comienza sus estudios musicales en el Conservatorio “Padre Antonio Soler” de San Lorenzo de El Escorial, con el profesor Anatoli Povzoun. Posteriormente ingresa en el Conservatorio “Liszt Ferenc” de Budapest (Hungría) en donde estudiaría con el profesor Szókolay Balász. Poco despues es admitido en el Conservatorio Estatal “A.
Nezharovna” de Odessa (Ucrania), siendo alumno de Yuri Borisevich Diky e influido principalmente por el maestro Sergei Terentiev por quien profesa una profunda admiración. Asi mismo, ha asistido a cursos
y clases magistrales impartidas por Eldar Nebolsin y Aquiles Delle Vigne.
Es autor y ha estrenado numerosas transcripciones para piano solo (y también de versiones organísticas para órgano romántico) de obras  orquestales de Mahler, Liszt y Wagner, entre otros autores.

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